La renta básica de protección

Posiblemente esta sea una oportunidad única para poner orden y en claro un asunto de mucha importancia que se ha ido transformando en un mercado clientelar donde caben muchas opciones y artimañas

JOSÉ JEREZ IGLESIAS. Economista y doctor en Derecho

Parece que todo el mundo está de acuerdo en la obligación moral que la sociedad tiene de ser solidaria con aquellas personas que, por distintas razones y circunstancias, se encuentran en una situación de desprotección personal y familiar, fruto de cien mil circunstancias, asociadas al devenir de la vida de cada persona.

La realidad es que en este momento debemos olvidar las causas por las que esas personas han llegado a encontrarse en situación tan dramática, a pesar de la ingente ayuda de una diversidad de asociaciones, básicamente vinculadas con la iglesia católica, que prestan su más desinteresada entrega y atención a los más vulnerables.

Sin embargo, parece que ciertas propuestas dentro del Gobierno actual se encaminan a que todo el mundo, trabaje o no trabaje, tenga unos ingresos mínimos que todos tendríamos que sufragar. Sin ninguna contraprestación. Naturalmente, una propuesta de este alcance y a modo de fondo perdido, sin contraprestación alguna, nos parece completamente desafortunada. Además no está la situación, con la crisis sobrevenida del coronavirus COVID-19, como para comprometer más gasto sin más control.

Por tanto, son dos cuestiones las que pueden condicionar esta prestación, la primera es si la prestación de renta a esas personas debe hacerse sin ninguna contraprestación a cambio por quien la recibe, y si esa persona debe seguir percibiendo esta renta cuando recibe otras rentas por encima de un cierto nivel mínimo.

En mi opinión, por la dignidad de cada una de las personas que perciban esa renta, necesariamente las mismas deben ir asociadas a una contraprestación a la sociedad pagadora con su trabajo comunitario. No es, y no debería ser nunca, una cuestión de caridad o de limosna. Y me gustaría creer que la mayoría de las personas que se puedan encontrar en esta situación piensan igual que yo.

Esta vinculación de trabajo-renta evitaría el riesgo de crecimiento de la economía sumergida, es decir como las personas en esa situación aseguran un mínimo, la tentación inmediata es suplementarlo con trabajos esporádicos en ‘negro’ con la consiguiente interacción competencial con quienes sí cumplen todas las obligaciones para prestar el servicio de que se trate.

Para implementar la contraprestación de trabajo asociada a la renta básica, debería organizarse por municipios planes con objetivos para actuaciones en los términos municipales, desde limpieza de cunetas y caminos, cortafuegos en los montes públicos, calles de la población, dotar de alcantarillado a muchas calles, agua potable a muchas fuentes, pinturas, mantenimientos de parques públicos, jardines, edificios, colegios, instalaciones eléctricas, etc, y otras prestaciones.

La dedicación laboral, como contraprestación, a estos planes debe reunir algunas características, como que sea compatible con dedicar horas disponibles en las que puedan ser contratados, es decir que se pueda cobrar la prestación con flexibilidad horaria (pero continuada), con el trabajo en horas restantes de la jornada para realizar trabajos remunerados, de forma que su jornada de trabajo en conjunto pueda alcanzar la totalidad de horas permitidas legalmente.

Todo aquel trabajador que encuentre un trabajo que cubra su horario completo diario, suspende el cobro de la prestación y, naturalmente, debe tener la reanudación inmediata de la prestación y su correspondiente trabajo comunitario cada vez que vuelva nuevamente a quedarse sin trabajo.

Está meridianamente claro que una sociedad desarrollada como la nuestra tiene que implantar los mecanismos sociales correspondientes, mediantes subsidios o prestaciones, dedicados a los parados que requieren una atención muy especial, partiendo del principio de que no podemos dejar a nadie sin las ayudas necesarias para abordar las situaciones de falta de ingresos por la falta de trabajo. Pero esto no debe ser obstáculo para perseguir el fraude cuando se produzca, para conseguir que todos los ciudadanos tengan el mismo trato tributario y la misma responsabilidad, cada uno en sus circunstancias.

Posiblemente esta sea una oportunidad única para poner orden y en claro un asunto de mucha importancia que se ha ido transformando, desde hace algunos años, en un mercado clientelar donde caben muchas opciones y artimañas. Hay que ayudar, pero vamos todos a trabajar por el bien común.

Desde luego lo mejor sería poder dar los medios que se necesiten para que todo el mundo se pueda ganar la vida con su trabajo y sudor, es decir la caña y el pez, pero mientras tanto hay que ayudar a los que más lo necesitan… pero con orden y concierto.

(Artículo publicado en HOY el 8 de mayo de 2020)

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