En manos de Fu-Manchú

China se afilió a los organismos internacionales con la intención de transformar a otros lugares en vez de transformarse a sí misma y ha dejado clara su ambición de liderar el mundo en las tecnologías importantes del futuro.

CECILIO J. VENEGAS FITO. Farmacéutico

Se le atribuye a Napoleón Bonaparte una frase tan redonda e icónica que es probable que también sea falsa. Afirmó en 1803: «Cuando China despierte, temblará el mundo».

Seguro que ya le ha llegado el sonido del despertador hace años, y simplemente está ahora saliendo de la ducha. Porque el despertar ha sido para, entre otras conquistas, enfrentarse a un reto mucho más grande que el de la construcción de su Gran Muralla: el control de la economía de la Tierra.

China fue una cultura milenaria, adormecida en un régimen feudal cuando Occidente le llevaba ya trescientos años de ventaja en revoluciones agrícolas, pre-industriales e industriales, e incluso tecnológicas.

También el filósofo español Ortega y Gasset recomendaba hace ya décadas a Occidente que se preparase para el día en el que la coleta de un chino asomara por los Urales, marcando así el inicio de la temida invasión amarilla. No sabía Ortega, no podía imaginarlo, porque sobrepasaba con mucho la cultura cuasi fisiocrática imperante en su tiempo, que el sueño imperial chino no consiste en expandirse territorialmente sino en atraer hacia sí a todos los demás países y que, por tanto, la coleta del chino no asomaría seguida de una daga, sino de un fajo de billetes. Tampoco sabía, dada la estrategia de conquista por el consumo, que en esa larga marcha, los Andes, los Apeninos o incluso las Montañas Rocosas podían ser tan vulnerables como los Urales.

Los pasos gigantescos del dragón chino no se basan exclusivamente en la posesión económica: En la última olimpiada fue el tercer país que más galardones subió al medallero, y el concurso de Miss Mundo se le adjudicó a una compatriota en 2007 y 2012. China juega en todas las canchas.

Y es que con un área de 9,6 millones de kilómetros cuadrados, es el segundo país del mundo en superficie terrestre. Alberga, además, a una de las más viejas civilizaciones del planeta. Después de la Segunda Guerra Mundial, el Partido Comunista derrotó a los chinos nacionalistas y se estableció la República Popular China en Beijing el 1 de octubre de 1949.

A partir de las reformas económicas de 1978, el país se convirtió en la economía de más rápido crecimiento a nivel mundial, con ritmos del 10% en los últimos 30 años. Además, la República Popular es, desde 2008, la segunda potencia económica mundial según su Producto Interior Bruto (PIB) (solo superada por los Estados Unidos) y es el mayor exportador mundial y el segundo importador mundial de bienes. Sin embargo, en términos per capita, China está en el puesto 87º lugar por su PIB. Esto revela en parte las enormes disparidades que existen en el país, y que la revolución de Mao había intentado eliminar para siempre.

Una muestra de esas disparidades es el consumo de algunos artículos que eran considerados de lujo en el país. Así se calcula que la producción de automóviles aumentará en un 30% hasta llegar a los $200 billones (americanos) de dólares en los próximos años, fenómeno paralelo a la preferencia cada vez más grande por los automóviles comparados con la más tradicional bicicleta. A ello se le añade un aumento del 20,8% en la industria de comida basura y de las ventas de champagne y coñac que alcanzan cifras récord en el país. Se calcula que China tiene 66 billonarios (billones americanos) o sea el segundo puesto a nivel mundial después de los Estados Unidos, que tiene 415. Una explosiva mezcla de capitalismo con ascendencia comunista. Es notorio cómo se ha pasado en pocas décadas de las siheyuan, vivienda tradicional inexorablemente reemplazadas por gigantescos rascacielos. El cambio no es solamente urbanístico, pues una forma de vida comunal está siendo paulatinamente reemplazada por la vida anónima de los grandes edificios modernos.

Seguramente quizás haya hecho falta un tsunami de realidad para hacernos ver hasta qué punto dependemos de las infraestructuras, las importaciones y la tecnología china. Desde humildes mascarillas hasta sofisticados equipos de PCR.

Mao dijo «China es un gigante que se ha puesto de pie y nunca más se arrodillará». Y procuró tomarse la frase al pie de la letra.

Hoy en día no solo sigue en pie, sino que resiste de una manera colosal. Sí, China resiste. El país tenía la intención de entrar en los foros multilaterales para empezar a cambiar el modo en que estos regulan el comercio mundial. En otras palabras, China se afilió con la intención de transformar a otros lugares en vez de transformarse a sí misma y ha dejado claras sus ambiciones de liderar el mundo en las tecnologías importantes del futuro, como la robótica y la inteligencia artificial (IA). Muchas empresas estadounidenses trasladaron allí su producción para aprovechar los bajos costos de la mano de obra. Sin embargo, esas compañías pagaron un alto precio: «China las ha forzado a entregarles su tecnología, su propiedad intelectual», aseguran.

«Este es el aspecto central de la competencia ahora –destaca Bonnie Glaser–, porque si China llegara a tener éxito en estas áreas, probablemente podría reemplazar a Estados Unidos como la potencia líder en el mundo». Y eso es lo que ahora está en juego.

(Artículo publicado en HOY el 31 de mayo de 2020)

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