Cambio de rumbo o extinción de Extremadura

La región necesita un Plan Estratégico Territorial y con la pandemia se abre una oportunidad para definir las claves del desarrollo futuro

JULIÁN MORA ALISEDA Doctor en Geografía por la UEx y doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid

SIEMPRE he venido señalando que Extremadura necesita un Plan Estratégico Territorial, pues es la herramienta clave para intervenir de forma racional sobre el mismo. Con la pandemia del coronavirus, además de una necesidad se abre una oportunidad para definir las claves del desarrollo futuro, ya que nunca hemos tenido unas directrices y propuestas adaptadas en el pasado y ello explica todo el atraso que padecemos en cualquiera de los indicadores sociales y económicos, más propios de otros continentes que de la Unión Europea en la que nos insertamos.

La ordenación del territorio, en su acepción más generalizada, se define como una técnica para delimitar los espacios geográficos según sus aptitudes para soportar con el menor impacto los diferentes usos del suelo, compatibilizando desarrollo socioeconómico y preservación ambiental.

En ese sentido, la elaboración de un Plan Estratégico para abordar el escenario poscovid, debería convertirse en un instrumento valiosísimo para vertebrar las políticas internas de la comunidad extremeña con las específicamente sectoriales (transportes, comunicaciones, hídricas, ambientales, etc.), que afectan de forma directa o indirecta al territorio, entendido este como el espacio donde se plasman no sólo los factores fisiográficos y naturales (geomorfología, geología, clima, hidrografía, vegetación y fauna) sino también los antrópicos (sistemas de poblamiento, usos del suelo, red de infraestructuras y equipamientos, estructura socio-económica, identidad cultural y el marco político-institucional).

Cualquier legislación territorial, económica o urbanística actualmente en funcionamiento o en curso de aprobación se ha quedado obsoleta (si es que ya no estaban totalmente desajustadas a la realidad de su momento al ser copias casi literales de otras comunidades sin similitudes con Extremadura, lo que viene a ser como recetar el mismo médicamente al hipertenso que al diabético) por mor de las circunstancias adversas que atravesamos. Consiguientemente, tenemos que afrontar un escenario totalmente nuevo en el que encontrar, tras tantos intentos fallidos desde que somos comunidad autónoma, nuevas oportunidades a través de la explotación racional de nuestras ventajas comparativas en la inmensa dotación de recursos naturales (hídricos, agrarios, geológicos, mosaicos geográficos, etc.) para transformar y generar cadenas de valor.

Para ello, tenemos que servirnos de las lecciones aprendidas de las malas praxis para evitar situaciones kafkianas como Isla de Valdecañas, que casi nos cuesta un disgusto económico semejante dislate, además de una inseguridad jurídica para el futuro.

Sin mencionar los enrevesados y demorados planes urbanísticos aprobados, sustento para la implantación de actividades económicas, que se redactaron con limitaciones a la expansión de suelos urbanizables (como si en Extremadura tuviésemos un problema de crecimiento demográfico o de demanda exagerada de instalaciones industriales o residenciales), trasplantados desde mentalidades urbanas a nuestro «rural profundo». Todo ello, unido a cuestiones de fiscalidad más elevada, burocracia excesiva y exasperante, que hacen desistir a cualquiera con iniciativa emprendedora, explica la dinámica regresiva de nuestra región en todas las variables oficiales al uso.

Este despropósito planificador conllevó, a pesar de nuestras reiteradas advertencias públicas, a delimitar y clasificar zonas ambientalmente protegidas que no reunían los criterios científicos para tal caracterización y que están suponiendo una ‘camisa de fuerza’ que inmoviliza nuestra imperiosa necesidad de desarrollo regional.

Se ha verificado en las últimas décadas que los tradicionales documentos aprobados a modo de panacea, ya sean los de la Economía Verde y Circular 2030 (suena irónico ese título en Extremadura, donde abundan los espacios boscosos y la circulación demográfica es la emigración y la regresión poblacional) o las Agendas de Reactivación o los enésimos Planes de Empleo, sólo están sirviendo para acentuar la debilidad estructural y contribuyendo a afianzar el dramático futuro que se cierne sobre nuestra comunidad autónoma.

Sé que no es políticamente correcto lo que vengo señalando desde hace muchísimo tiempo, pero las estadísticas son tozudas y acaban aliándose con las proyecciones que realizamos. Por tanto, para evitar que Extremadura mantenga esta tendencia al suicidio colectivo, tengamos el coraje de cambiar radicalmente el rumbo como ya dije hace unos meses en la Real Sociedad Económica Amigos del País, máxime ahora que las circunstancias nos impelen a ello. Mejor mudar de tratamiento cuando todavía nos quedan algunas fuerzas que continuar con esas medidas de efecto placebo hasta quedar exangües.

En definitiva, repetir lo mismo de siempre nos mantiene sedados en la pobreza e instalados en la consiguiente fuga de capital humano joven (lo más preciado que tenemos en el presente para el futuro). Y ello nos ha situado al borde del abismo como región, hasta el punto que si no quebramos las lúgubres tendencias desapareceremos del mismo modo que las especies faunísticas amenazadas de extinción: por desaparición de su hábitat o por su incapacidad reproductiva. Ambos escenarios están presentes en Extremadura: un territorio sin explotar racionalmente (inhabitable), con una sangría migratoria que impide el relevo generacional y nos retrotraerá al siglo XIX.

Desde la universidad seguimos estando disponibles para colaborar con los poderes públicos, puesto que también somos administración y hemos asumido un compromiso desde el conocimiento para la transformación de las estructuras socioculturales y económicas de esta tierra tan extremamente necesitada de una estrategia territorial.

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