Alabanza de la aldea

Nuestro débil modelo productivo va unido a un modelo de desarrollo social bastante más compatible con la crisis. Todo ello unido a un sistema sanitario cuidado, nos proporciona un modelo vital menos brillante pero más seguro.

CECILIO J. VENEGAS FITO. Farmacéutico

LAS guerras, para ser buenas, las han de encomendar a los dioses, aceptarlas los príncipes, justificarlas los filósofos y ejecutarlas los capitanes. Así nos indica Antonio de Guevara (1480-1545), uno de los grandes autores renacentistas españoles, su visión de los conflictos.

Y conflicto es, y de cuantía mayor, la batalla actual que libra la ciencia, la economía y la política y en general toda la sociedad mundial contra esa hebra de ARN, desbocada en su apetencia de replicación y estragos que es el virus denominado SARS-CoV-2, determinante del síndrome COVID-19.

Llevo cumpliendo con el correspondiente confinamiento, y trabajando a la vez en esta nuestra Extremadura que, según los datos de los que disponemos, y aún con la lacerante afectación de muchas de nuestras residencias de mayores, se ha defendido y defiende de la pandemia de un modo brillante, con unos ratios de afectación, mortalidad y casos nuevos y totales francamente buenos.

La epidemiología que cursé explicaba que cualquier asunto relacionado con una enfermad transmisible tiene una causa principal, conocida o no, y que resultan determinantes para su abordaje y detención las causas secundarias que inducen al alza o a la baja exponencial del número de casos y su afectación a los individuos.

Podría inicialmente pensarse que precisamente en Extremadura, que registra los menores ratios de renta per cápita, PIB nominal en el puesto 15, industrialización, consumo energético y de combustibles, competitividad turística, infraestructuras ferroviarias y un larguísimo etcétera, estuviera peor preparada que otras para afrontar un tsunami de estas características para la salud de sus habitantes. Y, sin embargo, está resultando al contrario en todos los sentidos. Nuestro débil modelo productivo va unido a un modo de desarrollo social bastante mas compatible con la crisis. La mitad de Extremadura es rural y la mitad urbana no contiene índices de masificación extensiva. Todo ello unido a un sistema sanitario cuidado, nos proporciona un modelo vital quizás menos brillante pero sí, desde luego, más seguro.

El abordaje del modo de vida que debe decidirse por parte de cada individuo para situarse dentro del mundo urbano o rural preocupaba ya a Emilio Zurano cuando conferencia en el Madrid de 1926 y motejaba de gravísimo problema nacional el que con engrandecer las ciudades se ayuda a la despoblación de los campos, se fomenta la pobreza y la miseria del país.

Para Zurano la verdadera riqueza de España está en la mayor perfección y extensión posible del cultivo de sus tierras, a la vez que determina que España es la única nación de Europa que puede salvarse de la catástrofe económica si juiciosamente atiende a su agricultura y a sus tesoros naturales.

Nos indica que una gran ciudad es un gran estómago que consume. Y una vega y una huerta, un manantial de frutos que siempre tienen lugar preferente en el mercado universal. Para él los verdaderos ejércitos que defienden a España son sus labradores, pescadores; todos los demás vivimos a costa suya. Y finalmente que la cultura de un país es proporcional a la estimación que hace de su agricultura.

Y aún muchos años antes el ya nombrado Guevara, humanista, cortesano y obispo, publicó en Valladolid su ‘Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea’ (1539), libro que influyó no solo a autores españoles (Pedro de Navarra, Diferencia de la vida rústica a la noble, 1567) o gallegos, (Coplas en vituperio de la vida de palacio y alabanza de aldea), sino que fue traducido al momento al francés (Lyon, 1542), al inglés (Londres, 1548), al italiano (Florencia, 1601) y al alemán (1604). De él se ocupó Juan Martí en admiradas palabras: «Los grandes de Castilla son como estrellas en el firmamento, y pueden lo que quieren».

Juzguen los lectores si lo siguiente no es dar en la diana: «Que la vida de la aldea es más quieta y más privilegiada que la vida de la corte. Es privilegio del aldea, en especial si es un poco pequeña, que no moren en ella físicos mozos, ni enfermedades viejas, del cual privilegio no gozan los de los grandes pueblos; porque de cuatro partes de la hacienda, la una llevan los locos por chocarrerías que dicen, la otra llevan los letrados por causas que defienden, la otra llevan los boticarios por medicinas que dan y la otra llevan los médicos por sus curas que hacen. ¡Oh!, bendita tú, aldea, y bendito el que en ti mora, pues allí no aportan bubas, no se apega sarna, no saben qué cosa es cáncer, nunca oyeron decir perlesía, no tiene allí parientes la gota, no hay confrades de riñones, no tiene allí casa la ijada, no moran allí las opilaciones, no se cría allí bazo, nunca allí se calienta el hígado, a nadie toman desmayos y ningunos mueren de ahítos. ¿Qué más quieres que diga de ti, ¡oh, bendita aldea!, sino que si no es para edificar alguna casa no saben allí qué cosa son arenas ni piedra?» Quizás sea intentar hacer de nuestra necesidad virtud. Pero es nuestra virtud. Al día de hoy, nuestra gran virtud.
(Artículo publicado en HOY el 29 de abril de 2020)

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