Los Senior en Sierra de Gata

Juan Antonio Pérez Mateos

La Sierra siempre nos llama. Qué tendrá la Sierra para anunciarnos que siempre nos espera, que “aquí estoy”, con las montañas altivas y, sin embargo, serenas, en la comisura de mis valles, en este edén – por qué no pudo estar aquí el Paraíso -, con mis ríos, arroyos y arroyuelos, floresta mayor de la Naturaleza, variedad de árboles, flores en este paraíso perdido – no de Milton -, de gente desconocida y, de súbito, alguien que deja en el aire mi nombre: Sierra de Gata… Entonces, vienen, sí, con la humildad del peregrino, cansados del bullicio de la ciudad, a encontrarse con esta página de la Naturaleza, rara e incunable, como un códice recreado de la Creación, bella en los soles y en las tinieblas, abierta a la soledad del peregrino, olor a romero y cantueso, imagen de otro tiempo, vigilada por esos pueblos que alzan sus estancias como un faro para marineros en tierra, que os tendría que cantar Alberti, unos sonetos para arroyos y arroyuelos y la vieja labranza. ¡Oh, Trevejo! ¡Oh, Santibáñez el Alto! ¡Oh, Sierra de Dios Padre! Desde tu cumbre, en días claros, se divisa, en lontananza, mínima, el  castillo de Portezuelo  y la estampa de Sierra de Gata, abierta a los confines de Portugal y Castilla….

Escondida, sin embargo, la estampa medieval de San Martín de Trevejo, donde aún perdura el dialecto – el mañegu –, aquí, a este conjunto de imágenes, añejas y sepias, vendrán estos Senior a tomarle el pulso a la Sierra de Gata, herida y quemada, como Menéndez Pidal llegaría, a principios del siglo pasado, con su rostro de sabio castellano y otro gran filólogo portugués, Vasconcelos, a escudriñar las viejas letras, o “a fala”, como un estudioso de estos dialectos entre el portugués y el castellano. Y, hasta estos pagos, llegaría con su séquito el entonces Primado Cardenal Almaraz, a caballo, al sepelio de un personaje rico de la época.

Ahora acuden estos inquietos peregrinos, con la sabiduría de los años, a poner el acento en su sitio; que los Senior tienen el señorío del tiempo, el que crece con los años, con algo/mucho heredado de los romanos –Senadores-, púrpura que deposita el acontecer en los hombres, la que Platón llama “la segunda navegación: la más serena…”. Aquí estarán, ante el toque de campana, al análisis de la tierra, al estudio de la edafología, el paisaje herido por el fuego, el luto de este pequeño edén. Con su saber, ellos nos ayudarán a devolvernos el alma alegre de esta Sierra de Gata.

One comment

  • Quienes vivimos en este rincón de la Sierra de Gata, San Martín de Trevejo, Eljas o Valverde del Fresno, indudablemente somos unos privilegiados. Respiramos, con total seguridad, el aire más puro de Europa -dicen que aquí el valor de la contaminación es 0-, gozamos de un paisaje maravilloso, disfrutamos de una flora donde a casi 1.492 metros de altura hay una rica variedad de orquídeas salvajes y podemos disfrutar de numerosas rutas que nos permiten recorrer parajes cargados de castaños, robles, pinos, olivos y algún que otro alcornocal.
    Pero en estos pueblos, especialmente en San Martin de Trevejo, la degradación de la arquitectura rural es importantísima, hasta el punto de que su estructura externa, piedra, ladrillo vista y adobe, ha sido sustituida por paredes encaladas y pintadas de blanco. Que la desidia o ignorancia hace años lo permitió, es cierto. Pero más grave es que en los últimos 30 años el deterioro ha sido extraordinario, a pesar de un incipiente movimiento conservacionista por parte de algunos vecinos al que la administración municipal y autonómica lo ha despreciado.
    San Martín fue declarado Bien de Interés Cultural. Se hizo un organismo que controlaba todas las actuaciones en materia de rehabilitación o de construcción. Pero eso no ha terminado en un espíritu de conservar la arquitectura rural propia de este pueblo. Los Ayuntamientos no han creado unas normas urbanísticas que protegieran este arquitectura rural. Se dejó todo en manos de ese organismo que prácticamente lleva el urbanismo de estas localidades a través de un arquitecto. Cualquier licencia de obra que el ayuntamiento debe autorizar, ha de pasar por manos de este organismo. Me parece muy bien porque se evitan disparates urbanísticos.
    Pero el remedio ha sido peor que la enfermedad, al menos en San Martin. Los responsables, con especial mención a los arquitectos, decidieron, no se sabe con qué fundamento, que cualquier restauración del casco antiguo y céntrico deberían encalarse las paredes y pintarlas de blanco. Para más “coña” obligan a que la pintura sea con cal blanca.
    Aqui en San Martín se han originado autenticas contradicciones. A unos les permiten, por ejemplo, abrir ventanas donde no las hubo, o cerrar puertas para convertirlas en una ventana. Colocar ventanas de PVC que a otros no les dejan. No permitir quitar una viga de madera que esta en ruina alegando “que es muy antigua” (esto lo he visto yo personalmente), o no autorizar una puerta en madera porque la que había también “era muy antigua” y la realidad es que su antigüedad no pasaba de los 30 o 40 años. En fin, una serie de decisiones absurdas -podría relatar muchas más- que perjudican al vecino, que prefiere hacerse una casa nueva en el exterior a rehabilitar la vivienda del casco urbano.
    Este fin de semana los miembros el Foro pudieron comprobar in situ cuanto digo. Se extrañaban del blanco de las casas y pudieron comprobar por las escasas viviendas que aún quedan en pié que desde siempre el granito, el ladrillo y el adobe eran los elementos exteriores de las casas. El encalado y pintado de blanco con cal nunca, nunca fue un elemento de nuestra arquitectura rural.
    Dejo estas reflexiones con un único interés. Salvar nuestra arquitectura rural y que los organismos superiores tomen medidas para que quien quiera rehabilitar su vivienda lo pueda hacer manteniendo exteriormente , repito, la piedra, (granito) el ladrillo vista y el Adobe. Y por dentro, respetar todo aquello que se pueda facilitando el confort y el bienestar de sus propietarios.

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