La isla de Valdecañas

La pasada semana se celebró en La Económica un debate sobre la sentencia del derribo de la Isla de Valdecañas. En ella participaron juristas, expertos biólogos y los promotores del proyecto. Ni soy jurista, ni biólogo ni tengo nada que ver con los inversores. Soy un mero ciudadano que ve con asombro e indignación que proyectos que pueden cambiar la secular pobreza de Extremadura tengan tan difícil cabida en esta región.

Seguramente hay razones jurídicas, biológicas e ideológicas para derribarlos, pero también hay, y muchas, razones jurídicas, biológicas e ideológicas para mantenerlo y promover muchos más proyectos de esta naturaleza en Extremadura.

«Summum ius, summa iniuria», sumo derecho, suma injusticia. Salta a los ojos de la razón del común de los mortales que la pena es absolutamente desproporcionada. En la mesa se justificó, que se había declarado zona ZEPA –Zona de especial protección de aves– a prisas y corriendo, pues la UE nos exigía que si queríamos tener subvenciones europeas, deberíamos ampliar nuestras ZEPA. Que quien paga manda. ¿No nos estarán de nuevo condenando a una pobreza perpetua nuestra dependencia de las subvenciones?. En Extremadura hay una industria de la búsqueda y captura de la subvención que incentiva la existencia, persistencia, demanda y dependencia. La Isla de Valdecañas se declaró zona ZEPA para poder Extremadura seguir subvencionada. Así de claro, y después un juez considera que donde hay una ZEPA no puede haber desarrollo urbanístico.

Sobre la mejora o deterioro medioambiental y de la diversidad biológica no hay duda que ha mejorado. No lo entiendo. Me resulta indignante. Y aunque ya estaba más que trillado este tema, yo quería también pronunciarme. Derribarlo sería intolerable y un nuevo freno al desarrollo de la región.

Antonio Garcia Salas

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