Contribución de Extremadura a la historia política de España

Contribución de Extremadura a la historia política de España/ El papel de las minorías en los procesos de regeneración.
Bicentenario de la Sociedad Económica de Amigos del País.-
José Julián Barriga Bravo

Badajoz 31 de marzo 2016

Ante todo quiero expresar la satisfacción y el honor que significa participar esta tarde en los actos de conmemoración del bicentenario de esta institución benemérita. Dudo que exista en toda Extremadura otra institución más fértil que la que ustedes representan. Esta tierra, a la que todos con alguna frecuencia nos referimos con sentido autocrítico, cuya situación económica y social lamentamos porque nos duele, ha producido, sin embargo, hombres y mujeres e instituciones tan relevantes, tan fecundas, como la Económica, que ha sido madre o partera de logros tan señalados como la creación de una cátedra de Agricultura, de una Caja de Ahorros, la organización de una exposición regional coincidiendo con el IV Centenario del Descubrimiento de América, la fundación de un instituto de segunda enseñanza, de una Escuela de Magisterio, y hasta alumbró iniciativas para mejorar la agricultura y la comercialización de las producciones agrarias. Y, sobre todo, y por encima de todo, la Económica creó pensamiento y puso en práctica iniciativas que aún, hoy día, nos asombran y sorprenden. Díganme qué otras instituciones en toda Extremadura cuentan con un bagaje comparable a esta noble institución que ahora cumple doscientos años. Ustedes, los socios de la Económica, tienen la suerte y el mérito de continuar la tradición renovadora y de progreso que sus colegas han mantenido a lo largo de dos siglos.
Pretendo esta tarde, como modesta contribución al espíritu de la Económica, recopilar los momentos en los que los extremeños han sido protagonistas de la vida nacional y tratar de interpretar el papel que, en esas coyunturas históricas, desempeñaron las minorías ilustradas como demostración de la capacidad de la sociedad extremeña, de la sociedad civil extremeña, de regenerarse y de mostrarse no solo en igualdad con el resto de las regiones de España, sino también de sobresalir contribuyendo al gobierno de la nación. Aunque nada más sea por deformación profesional, los que ejercimos el periodismo tendemos a comenzar cualquier relato por lo que es substantivo, por aquello que, presumiblemente, va a retener la atención del lector o del oyente. Siguiendo esta vieja técnica, me van a permitir que plantee la siguiente cuestión: cómo podemos explicar a nuestros ciudadanos que, en el siglo XIX, cinco extremeños, nacidos en esta tierra, alcanzaron la máxima responsabilidad administrativa en España. Fueron presidentes del Gobierno. Nunca, ni antes ni después, en ninguna otra época, los extremeños alcanzaron la presidencia del Gobierno. Y no solamente ellos, sino que, además, otros extremeños notabilísimos destacaron, como en ninguna otra época, en el pensamiento y en la política de España.
Y como otra de las características de mi profesión es la osadía, me atrevo a hacer una interpretación de este hecho excepcional en la historia de Extremadura. La razón más importante de esta concurrencia de talento fue la existencia, en aquella centuria, de una sociedad civil resuelta y desbordante. Para desgracia de todos los extremeños, aquel caudal de energía y de inteligencia entró en los sumideros de la historia, como su río, como el Guadiana antes de hacerse extremeño. Y no me olvido de que, en tiempos más remotos, extremeños de nacimiento protagonizaron una de las aventuras más sobresalientes de la historia universal: la colonización de América.
Un pacense de mucho mérito y por desgracia olvidado, don José López Prudencio, socio de esta Institución, publicó un librito inencontrable, afortunadamente rescatado para los hombres de mi generación, en 1980, por la Diputación Provincial de Badajoz, con el título de “Extremadura y España”, que no es otra cosa que un ensayo sobre la misma cuestión que voy a desarrollar a continuación. Como lo es, desde otra perspectiva, la obra, también olvidada y también relegada, de Adolfo Maíllo García, uno de los pedagogos más prestigiosos durante el franquismo, muerto en Madrid con 94 años, plenamente reconvertido a la democracia, autor de más de medio centenar de tratados pedagógicos y de una obra de plena vigencia: “Extremadura en la Encrucijada”. La encrucijada no era otra que la oportunidad de progreso que a los extremeños se les presentaba en el alborear de la democracia en la Transmisión, en el tiempo en que la Comunidad estrenaba autonomía. Adolfo Maíllo era de la opinión de que aquella podría ser la ocasión inmejorable para dejar atrás siglos de infortunio y de decaimiento. Extremadura y España de Prudencio y Extremadura en la Encrucijada de Maíllo, la primera publicada en 1903, la segunda en 1977, conforman la doble cara que representaba aquel dios romano que cuidaba las puertas y que de alguna forma simbolizaba toda reflexión de los hombres con honradez de inteligencia. La cara de lo positivo y la cara del pensamiento crítico, representados en este caso por estos dos pensadores, López Prudencio y Maíllo García, el uno de Badajoz -el entusiasta- el otro , el crítico, chinato de Cáceres.
Creo que merece la pena detenerse unos minutos en ahondar un poco más, como prólogo al relato que he de hacer sobre la contribución de Extremadura a la política general de España, en la significación de esa doble visión sobre la historia y la realidad de nuestra región, que no son incompatibles, sino complementarias. Ambos autores, el pacense y el cacereño, son personas de solvencia intelectual. En la obra de López Prudencio aparecen perfectamente documentados los momentos estelares de la historia de Extremadura, desde Viriato al siglo XIX. La narración abarca la Reconquista, el descubrimiento de América, la obra extraordinaria y muy poco valorada de los frailes extremeños en Filipinas y en Japón, hasta esa gran eclosión de talento ocurrida a lo largo de todo el siglo XIX. Por las páginas de “Extremadura y España” desfilan toda esa pléyade de extremeños que sobresalieron en el campo del pensamiento, la milicia, las artes o la ciencia. No crean ustedes que el libro es un panegírico, una especie de oda o canto general a Extremadura, aunque a menudo el entusiasmo del autor por su tierra lo parezca. El hilo conductor del relato es el siguiente: en todas las épocas, no solo durante la conquista de América, -escribe López Prudencio- “ha podido verse comprobado que Extremadura jamás en el andar de la historia de España ha estado ausente ni ha dejado de aportar intervenciones interesantes en todos los grandes momentos de la vida nacional”.
Como colofón de aquella “pasión lírica” por Extremadura, el autor de “Bargueño de saudades”, en el que tantos de mi generación aprendimos a amar nuestra tierra, dejó escrito algo cierto, pero tal vez exagerado, como esto: “Lo que hizo la gente extremeña no cabe en los límites de de la Historia de España.
Pertenece a los dominios de la Historia Universal”.
Adolfo Maíllo, casi un siglo más tarde y con mayor rigor, se enfrenta a esta misma cuestión, pero, obviamente, con mayor rigor y con menor entusiasmo lírico. “Con amor y con dolor” –así figura en la cabecera del libro- traza la “encrucijada” de Extremadura como última oportunidad de enderezar su rumbo histórico después del largo desierto de la dictadura. Y como primera misión se propone desmitificar la historia despojándola de fantasías heroicas y de los estereotipos en que la habían dejado los panegiristas del último siglo, sin dejar de reconocer, por supuesto, el importantísimo papel desempeñado por extremeños excepcionales. “Jamás –señala Maíllo- se subrayará suficientemente el daño que han hecho a Extremadura historiadores y eruditos invitando a sus habitantes a dormir el sueño del presente arrullados por las viejas glorias sin proyectos para el futuro”. Es lo que él mismo califica de “preteritomanía”.
Mayor interés tiene en cambio la aportación que Adolfo Maíllo hace a uno de los aspectos más interesantes de la realidad extremeña en casi todas las épocas: la ausencia de minorías capaces de doblar el pulso al subdesarrollo y el déficit de progreso de la tierra. Este sí es un tema capital y, en buena parte, explica el zigzag en el que ha transcurrido el pasado “guadianesco” de los extremeños, determinado, en algunos momentos de su historia, por un fogonazo de personalidades relevantes, es decir minorías, y en otros, las más de las veces, por el estancamiento, es decir por la ausencia de minorías de progreso a las que antes me refería.
Termino con otra cita de Adolfo Maíllo contagiado del optimismo con el que toda la nación participó en la encrucijada que vivieron Extremadura y toda España en los años de la Transición Política: “ojalá, pasado ya el tiempo de los minorías nacidas de los poderes oligárquicos del pasado (Iglesia, Corona y Milicia) y de sus poderes colaterales, llegue el tiempo de las minorías democráticas, nacidas del pueblo, pertenecientes a las clases medias, para salvar al pueblo del atraso secular”.
Yo le diría a aquella persona brillante y generosa: “Mi querido Adolfo Maíllo: ha transcurrido casi medio siglo de aquellas sus reflexiones de encrucijada. La Universidad de Extremadura ha formado a decenas de miles de titulados universitarios, los partidos políticos se han turnado en el gobierno de la región, y todavía seguimos pensando y necesitando a aquellas minorías de las que usted hablaba, minorías democráticas, nacidas del pueblo, pertenecientes a las clases medias, que nos salven del atraso secular en el que todavía nos encuentramos”
Definitivamente entro en materia. Es decir, intentaré interpretar los tres momentos estelares de la contribución de Extremadura a la política general de España o de lo que consideramos España, y reitere lo que es comúnmente aceptado en el sentido de que, por orden cronológico, Mérida, América y el siglo XIX son los tres periodos más notables de la historia extremeña. Muy contadas regiones han tenido una aportación comparable a la que Extremadura realizó en aquellas épocas. Ningún otro periodo histórico puede equiparse y tratar de elevar el rango de otros momentos equivaldría a minusvalorar o restar esplendor a los tres reseñados. Tal vez, Guadalupe como centro de religiosidad global y como centro difusor de cultura y de inteligencia. Tal vez… Y habría que dejar aclarado, de una vez por todas, el papel de los extremeños en América y deshacer aquella duda que uno de los mejores periodistas de comienzos del siglo XX, Luis Bello, dejó escrita cuando trató de averiguar “si los extremeños de la Conquista eran en realidad extremeños, de sangre y raza, o dominadores de Extremadura afincados y establecidos en el suelo que invadieron sus mayores”.
Sobre el legado y la importancia de Emérita como capital de la Lusitania y del reino visigodo nada puedo añadir más allá de lo que figura en cualquier tratado de historia. Pero sí debiera recordar el abandono, la incultura y el descuido en el que permaneció Mérida a lo largo de los siglos, tal como la encontraron Antonio Ponz en el siglo XVIII, Larra en 1835 o José Ramón Mélida en pleno siglo XX, cuando las venerables ruinas romanas eran campos de cultivo de garbanzos. De Larra nos queda, además de su relato en la frontera de Badajoz, esta visión sombría de Mérida: “la humilde Mérida, semejante a las aves nocturnas, hace su habitación en las altas ruinas. Es un hijo raquítico que apenas alienta, cobijado por la rica faldamenta de una matrona decrépita. Es un niño dormido en brazos de un gigante”

Mas el paradigma de la contribución de Extremadura a la historia, la Edad de Oro de la historia de Extremadura, en este caso sin ningún género de dudas, es su participación en el descubrimiento, conquista y colonización de América.
¿Qué región, qué otro territorio de Europa, del mundo civilizado, tiene en su patrimonio histórico una contribución tan dilatada, tan notable, como la que tuvo Extremadura en América? ¿Qué región, qué otro territorio con una contribución tan destacada, tan sobresaliente como la extremeña en América, ha cometido la torpeza de abandonar, relegar, a punto de avergonzarse de quienes protagonizaron una aventura pocas veces igualada en la historia de la Humanidad? La presencia extremeña en América no es solo, tal vez tampoco fue lo más importante, los nombres de Cortes o de Pizarro. Extremadura llevó a América una legión de artesanos, de frailes, de gentes del común que lucharon por los derechos de los indios, construyeron hospitales y catedrales, llevaron la música, la cultura, la ciencia, la lengua, el progreso. El mestizaje fue también o, sobre todo, otra forma de aportación a la historia de América. ¡Que los conquistadores, los colonizadores cometieron crímenes y desmanes…! Contémoslos, documentémoslos, pero no se acaba ahí el relato de la contribución de España y de Extremadura a América. Los ejércitos de Inglaterra masacraron a los indios del Norte, lucharon con ferocidad entre los colonizadores, pero reparen con qué honor y provecho mantienen el legado irlandés e inglés en sus antiguos territorios. En Extremadura hemos llegado al desvarío de haber celebrado una exposición extraordinaria sobre Hernán Cortés en medio del desinterés de los extremeños y de sus instituciones y ni siquiera las autoridades del gobierno autónomo se dignaron visitarla. La historia y la interpretación de la presencia extremeña en América están ancladas en viejos y polvorientos estudios y en ridículos complejos. ¿Saben ustedes cuál y cuánta ha sido la labor investigadora de la Universidad de Extremadura sobre América? Se lo podría contar en medio folio…¡Nada, ni nadie, ni políticos ni universidades, ni siquiera la sociedad extremeña, podrá librarse en el futuro del descredito de haber claudicado de su pasado americanista!
Cuando López Prudencio abordó este asunto se preguntó cuál fue la causa de este fenómeno de tanta fecundidad y de tan notable protagonismo. ¿Fue una casualidad? Él mismo responde que las casualidades son raras en la historia y no suelen repetirse y añadió que en los momentos decisivos de la historia de España “Extremadura ha intervenido también en ellas de un modo intenso…,de acuerdo con el ser peculiar de Extremadura”. Sobre el papel de los extremeños en América solemos olvidar Filipinas y Japón donde los franciscanos extremeños realizaron una obra prodigiosa. Recuerdo haber leído una cita de un clérigo extremeño de finales del siglo XIX –la Edad de Plata de los extremeños- una cita fantástica refiriéndose a la tarea desarrollada por los frailes extremeños en América y Filipinas. Repetía Escobar Prieto, deán de la catedral de Plasencia, aquello que algunos escritores antiguos referían de la conquista: “los alemanes en sus colonias levantaban ante todo un castillo, los ingleses una factoría, los franceses un salón de baile y los españoles una iglesia, debiendo añadir –afirma Escobar Prieto-, para ser justos nosotros, que no olvidábamos las escuelas y talleres”. Pero por qué sorprendernos de la indolencia de los extremeños con su legado histórico, hablando de los franciscanos, si tienen en el más completo olvido a otra de las figuras más sobresalientes del pasado regional, Pedro de Alcántara, el símbolo más representativo de su tierra en cuanto se refiere a la austeridad, pobreza e integridad, por no hablar del más lamentable de nuestros olvidos: Guadalupe.
Vuelvo al libro de López Prudencio para referirme al tercer momento estelar de la contribución de Extremadura a la política de España y a la amplísima y destacada nómina de extremeños en el pensamiento y en la política a lo largo de todo el siglo XIX, en el que se registró la circunstancia sorprendente y extraordinaria de que cinco políticos nacidos en esta tierra alcanzaran, en esa centuria, la más alta magistratura de la Nación, la presidencia del Gobierno: Manuel Godoy, Juan Bravo Murillo, José María Calatrava, Antonio González y González y Álvaro Gómez Becerra. Se dio la circunstancia de que a un presidente del Gobierno de España nacido en Badajoz le sustituyera otro nacido en Cáceres. Tal fue el caso del relevo de Antonio González por Gómez Becerra. Fueron también extremeños las figuras más destacadas en las Cortes de Cádiz, y otros ejercieron una influencia muy relevante en el pensamiento español en ese periodo. Trataré de interpretar esta especie de milagro de que una tierra, que durante tanto tiempo fuera la referencia del atraso y del subdesarrollo, de repente, registrase una eclosión de talento muy superior a la que, en el mismo periodo, tuvieron otras regiones y nacionalidades, e igualmente cuál haya sido la razón de que, tras este fogonazo de talento, Extremadura volviera al lugar de obscurantismo al que quedó relegada en la siguiente centuria.
Soy un convencido, como habrán observado, de la importancia que el siglo XIX ha revestido para la historia de Extremadura hasta el punto de que en mi opinión constituye una verdadera Edad de Plata, si es que no iguala en relevancia al papel que los extremeños desempeñaron en la conquista y colonización de América. Y no es fácil de explicar las razones que pueden esclarecer el hecho incuestionable de la explosión de talento de un numeroso grupo de extremeños en los grandes acontecimientos de la centuria. Porque no era Extremadura el territorio más favorable para promover aquel fenómeno inédito de profusión de personalidades. No reiteraremos las condiciones de postración de aquel territorio lejano, en la periferia de la nación, poblado por algo menos de medio millón de habitantes según los censos de Ensenada y Floridablanca, con más de un 70 por ciento de analfabetismo. En 1877 era del 72 % en Badajoz y del 70 % en Cáceres. Solo el clero y una reducida minoría de propietarios rurales y funcionarios tenían acceso a la cultura. El estamento clerical estaba integrado por unos 3.500 individuos de clero regular y otros tantos frailes y monjas. Extremadura era, pues, tierra abonada para la siembra de nuevas ideas por parte de unas minorías que, con solo el concurso de la lectura y escritura, se situaban en posición dominante y de influencia. Pues bien, para esa población analfabeta y levítica, los estudiosos han contabilizado hasta 340 publicaciones impresas, desde las que se circunscribían a una solo localidad a aquellas otras que tenían difusión provincial o regional. Cualquier agrupamiento de personas con cualquier pretexto, fuera político, ideológico o confesional, lo primero que hacía era programar una publicación, un periódico, al servicio de la causa que representaban. Eran, obviamente, publicaciones efímeras pero servían para que aquella minoría predominante hiciera sus primeras armas en el combate político e ideológico.
Durante esta centuria ocurren en España tres grandes acontecimientos: La Guerra de la Independencia, las Cortes de Cádiz y, a partir de ella, una serie de movimientos políticos tectónicos de avances y retroceso en el nacimiento de la España moderna: Absolutismo, Trienio Liberal, Década Ominosa, Bienio Progresista, Primera República, Restauración, etc.
En este contexto, en estas circunstancia, es donde se registra esa explosión de grandes personalidades, que aunque algunas he mencionado me van a permitir que las enumere y las describa. He seleccionado quince personajes que, en mi opinión, cada uno de ellos transcienden los límites de la esfera regional. La relación podría agrandarse, pero prefiero ceñirme a un elenco de personalidades, que, al menos, algunos de ellos han dejado una huella indeleble en la historia de España. Lo haré, por orden cronológico:
1. Pedro de Quevedo y Quintano, Villanueva del Fresno, 1736, obispo, cardenal, político, inquisidor general, miembro del consejo de Regencia durante la Guerra de la Independencia.
2. Esteban Fernández de León, Esparragosa de Lares, 1748, promotor del bando del alcalde de Móstoles con el que se inicia la Guerra de la Independencia. Formó parte del Consejo de Regencia
3. Juan Meléndez Valdés, Ribera del Fresno, 1754, poeta muy destacado, jurista, íntimo colaborador de Jovellanos, miembro del Consejo de Estado, y dirigente del bando liberal progresista.
4. Mateo Delgado Moreno, Oliva de la Frontera, 1756, durante 40 años obispo de Badajoz, otro de los clérigos más influyentes en la jerarquía española del XIX, fundador de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz.
5. Diego Muñoz Torrero, Cabeza del Buey, 1761, sacerdote, rector de la Universidad de Salamanca, artífice de la Constitución de 1812, promotor del sistema constitucional de libertades.
6. Manuel Godoy, Badajoz, 1767, el personaje más poderoso durante el reinado de Carlos IV y primer ministro, príncipe de la Paz, uno de los hombres que acaparó más poder en toda la historia.
7. Álvaro Gómez Becerra, Cáceres, 1771, presidente del Gobierno, ministro de Gracia y Justicia, político liberal.
8. Francisco Fernandez Golfín, Almendralejo, 1771, militar liberal, ministro interino de la Guerra, diputado en las Cortes de Cádiz.
9. Bartolomé José Gallardo, Campanario, 1776, bibliógrafo, político, activista liberal, diputado, escritor.
10. José María Calatrava Peinado, Mérida, 1781, presidente del Gobierno, ministro de Estado, presidente del Tribunal Supremo
11. Antonio González y González, Valencia de Mombuey, 1792. Presidente del Gobierno en dos ocasiones, ministro de Gracia y Justicia, ministro de Estado, presidente del Congreso de los Diputados, embajador en Londres.
12. Juan García Benito, Torre de Santa María, 1797, obispo de Tuy y uno de los clérigos más influyentes en la política absolutista. Fue diputado en las Cortes de Cádiz y redactor de la Constitución del 1812.
13. Juan Bravo Murillo, 1803, Fregenal de la Sierra, presidente del Gobierno, presidente del Congreso de los Diputados, ministro de Gracia y de Justicia, ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, ministro de Hacienda y ministro de Marina.
14. Juan Donoso Cortés, Valle de la Serena, 1809, filosofo, parlamentario, político, diplomático, uno de los pensadores más influyentes en la Europa del XIX.
15. Tomas Romero de Castilla, Olivenza, 1833, teólogo, catedrático, impulsor del krausismo en Extremadura y personalidad muy respetada en los círculos progresistas nacionales.

No se agota con ellos la nómina de extremeños de relieve durante este siglo. Otros cuatro desempeñaron carteras ministeriales, tres bajo el reinado de Isabel II y otro más durante el de Amadeo I y Alfonso XII, y los cuatro dentro del bando liberal, lo que confirma la firme adscripción liberal de las minorías extremeñas del XIX. Fueron José García Carrasco (Cáceres, 1799), ministro de Hacienda, de familia oriunda del valle de Cameros riojano, cuñado de Donoso Cortés; Facundo Infante Chávez (Villanueva del Fresno, 1786), presidente del Congreso de los Diputados, ministro de la Guerra, ministro de Gobernación, y caso absolutamente extraordinario, ministro del Interior en Bolivia cuando fue exiliado; José Landero y Corchado (Albuquerque, 1784), ministro de Gracia y Justicia y senador vitalicio; y Adelardo López de Ayala (Guadalcanal, 1828), dramaturgo, presidente del Congreso de los Diputados y ministro de Ultramar. E incluso, retrocediendo en el tiempo, en el umbral del siglo XIX encontraríamos a un cacereño entre los cortesanos más poderosos en la Corte de Fernando VI, José Carvajal y Lancaster, presidente del Consejo de Indias, presidente de la Junta de Comercio y secretario de Estado. Podríamos continuar con otras figuras realmente excepciones que participaron en acontecimientos en los albores del siglo XX y, sobre todo, con otras que, aunque reducido su ámbito de actuación a los límites geográficos extremeños, gozaron de prestigio nacional. Pero quiero llamar la atención de cuatro de estos grandes personajes de la historia de Extremadura entre los ya mencionados: Godoy, Bravo Murillo, Donoso Cortés y Diego Muñoz Torrero. Conocen sus biografías, pero permítanme resaltar su excepcionalidad, independientemente del bando ideológico en el que militaron. Porque fue frecuente que en la confrontación ideológica de toda la centuria, los dos bandos contendientes, absolutistas y liberales, estuvieran liderados a nivel nacional por alguno de estos extremeños.
Creo que toda España, y muy particularmente Extremadura, están en deuda con uno de los extremeños de más calado de cuantos ha producido esta tierra. Me refiero a Diego Muñoz Torrero, rector de la Universidad de Salamanca a los 29 años, presidente de la comisión redactora de la Constitución de 1812, y uno de los principales defensores del sistema de libertades en la España convulsa del XIX. Hace poco más de un año, otro extremeño de Berlanga al que tampoco se le ha hecho entera justicia, Francisco Rubio Llorente, ex presidente del Consejo de Estado, lamentó el olvido en el que toda España mantiene a Muñoz Torrero, cuyos discursos constitucionales están a la altura de los grandes federalistas norteamericanos Jefferson y Hamilton.
De Manuel Godoy está dicho todo o casi todo en su contra. Es uno de los personajes más vilipendiados de la historia. No seré yo quien justifique el acaparamiento de poder y de riquezas de Godoy, pero sí sería capaz, como lector atento de historia, de diseñar aquí las facetas modernizadoras del pacense, desde su radical oposición a los privilegios de la nobleza, a su labor de promoción de las enseñanzas universitarias técnicas, gran mecenas de las artes y de la arqueología y de las academias, protector de artistas, pionero en la defensa de la presencia pública de la mujer, etc. Hoy afortunadamente se le reconoce su firme decisión de ejecutar un programa reformista, ilustrado, al que se opusieron ferozmente la nobleza y el alto clero.
Poco o nada nuevo puedo decir en esta Casa y en esta Institución sobre Juan Bravo Murillo puesto que han sido ustedes, los de la Económica, de los pocos que han reivindicado en tiempos recientes su memoria. Pero nos faltaba la vertiente teórica e ideológica de otro de los extremeños con más proyección nacional de nuestra historia, aunque su contribución al pensamiento político fuera escasamente innovador o acaso anacrónico anclado en el conservadurismo. Yo quiero detenerme en aquel hombre, aunque todavía joven y en plenas facultades, hastiado del ejercicio de la política, que rechaza honores académicos y hasta el Toisón de Oro, recluido, reconvertido en escritor y redactor de sus memorias, sus Opúsculos, que, al estilo de Montaigne, reflexiona sobre sí mismo y sobre las cosas, coge la pluma y escribe: “estoy, hace tiempo, fuera del mundo político: mi vida pública ha sido más corta que mi vida natural. Para cuando llegue el termino de esta, y mi espíritu entre en la región imperecedera, preparo, en los presentes opúsculos, un recuerdo de mi paso por este mundo terrenal”.
El cuarto, Donoso Cortés, es todavía fuente de confrontación por cuanto su legado intelectual es invocado en la actualidad como representación del pensamiento y de la ideológica más conservadora y tradicionalista. Con diferencia, Donoso fue el intelectual español que alcanzó más prestigio en la Europa del XIX, el más europeo de los españoles, en tiempos en los que en Europa lucían las grandes lumbreras intelectuales de la civilización, en la Europa de Rousseau, de Montesquieu, de Voltaire, de Chateaubriand, según nos recuerda Manuel Pecellín en su célebre manual de pensadores extremeños. Ojalá, cuando hablemos de los extremeños singulares, de Hernán Cortes o de Pizarro, de Godoy o de Donoso Cortés, como también de Muñoz Torrero, desterremos el vicio del reduccionismo fanático o sectario. Me es indiferente si estoy o no de acuerdo con el pensamiento o con la actuación de tal o cual personalidad de la historia. Lo verdaderamente relevante es el papel destacado que esa persona desempeñó en su país en una época determinada y en condiciones concretas. Y en este sentido afirmo que estos extremeños están en la máxima jerarquía de los talentos españoles de la época.
Creo que es suficiente con estas breves semblanzas de cuatro grandes personalidades del XIX para demostrar la sorprendente fertilidad del talento extremeño en esta centuria. Sin duda podíamos ampliarla, por ejemplo con la figura de José María de Calatrava. Su personalidad bien lo merece. Pero para no recaer en aquello que Adolfo Maíllo llamaba “preteritismo”, es mucho más interesante que dedique el tiempo que me queda a reflexionar sobre las razones que explican el hecho indudable del protagonismo de los extremeños en la historia moderna de España o sobre las causas que provocaron que una tierra esquilmada por las oligarquías produjera esta confluencia de talento. Sería suficiente con repasar la biografía de esta institución, la Económica, y servirme sin más de esa esplendida monografía que ustedes editaron hace diez años con el titulo de Los 190 años de la Real Sociedad Económica Extremeña de Amigos del País de Badajoz.
Una de las primeras causas o razones fue la llegada a Extremadura, por supuesto con retraso, –en Extremadura todo ocurre y ocurrió con retraso- de las consecuencias del siglo de las Luces y de la Ilustración. Extremadura vivía sumida en la larga noche del Medievo. La Espada, la Cruz y la Corona, gobernaban una tierra lejana, pero muy rentable para los poderes oligárquicos. Todavía Extremadura era tierra de reparto, como lo fue en época de la Reconquista. Cuando la Corona y la Corte tenían necesidad de recompensar servicios prestados en la guerra o premiar meritos en la Corte, en los confines del reino, en Extremadura, siempre había tierras, latifundios, para la recompensa. Todavía las Ordenes Militares, la Nobleza, los Cabildos y los Monasterios abastecían la despensa de la Corte. Los extremeños éramos gente de leva o servidores sumisos de aquellos poderes. Un extremeño en Madrid, antiguo alumno de San Atón, Manuel Godoy, hijo de un coronel, representaba con todas sus contradicciones el espíritu de la época: acaparadores de riquezas y influencias, curtidos en las cruentas luchas cortesanas, pero permeables al espíritu de la Ilustración y de los afrancesados. Y de repente, los franceses, la codicia de Napoleón, invadieron España y, de repente también, se desató una incontenible reacción frente a los invasores. Extremadura sufrió como ningún otro territorio las consecuencias de la Guerra. Y también en Extremadura se produjo una movilización extraordinaria de todas sus minorías frente a los invasores. Las guerras, es bien sabido, producen el efecto de despertar muchas aptitudes y energías que permanecían dormidas. Lo cierto es que Extremadura quedó devastada, pero despierta.
La segunda razón del papel desempeñado por las minorías extremeñas tiene una estrecha relación con el sorprendente activismo social y político de los clérigos extremeños, bien directamente a través de individuos que hicieron carrera eclesiástica, o bien porque recibieran instrucción o enseñanza en centros eclesiásticos. Hasta época bien reciente, las clases no dominantes ascendían en el escalafón social a través de la espada o el altar, o bien se sirvieron de estas vías para prosperar. Lo sorprendente, en el caso de los extremeños, es la profusión de representantes del clero en todos los bandos ideológicos, y asombra más la abundancia de clérigos en la facción de los liberales, en la que Muñoz Torrero fue la figura más sobresaliente. De las quince personalidades extremeñas que tuvieron influencia en los asuntos nacionales a lo largo del siglo XIX, desde Bravo Murillo a Godoy, diez, al menos, o fueron clérigos o recibieron formación en centros religiosos. En las Cortes de Cádiz, las dos personas más batalladoras, representativas de cada bando, el de los absolutistas y el de los liberales, fueron dos clérigos extremeños notables, el ya mencionado don Diego Muñoz Torrero, entre los liberales, y el obispo de Orense, nacido en Villanueva del Fresno, don Pedro de Quevedo y Quintano en el bando de los reaccionarios. ¿Qué explicación puede tener esta circunstancia tan sorprendente? No todos los clérigos ni los formados en el seminario eran de ascendencia noble o acomodada. Debió existir un fermento de inquietud y de rebeldía intelectual muy notable en aquellos centros que nutrieron a las minorías que hicieron posible o facilitaron aquella manifestación tan excepcional de talento. El común de la gente en nuestra tierra no tenía oportunidad de progreso en los escalafones de la Corte ni de la Milicia. Lo hicieron a través del clero.
En tercer lugar, otra de las razones que explicarían este fenómeno sería la amplia proliferación de sociedades y asociaciones que, bajo la invocación del progreso y de la instrucción de las masas, promovieron la difusión de doctrinas y de movimientos sociales que presagiaban la llegada de la modernidad a regiones tan apartadas de los grandes centros intelectuales como era Extremadura. Y para ejemplo, La Económica de Badajoz, cuyo bicentenario celebramos. Toda Extremadura fue un territorio virgen y abonado a las ideas del progreso donde antes solo prosperaban cofradías o hermandades religiosas. No es de extrañar que surgieran movimientos de oposición y de rebeldía entre los estamentos más inquietos intelectualmente, envalentonados además por la supresión del Tribunal de la Inquisición, promovida su desaparición, reitero, por el clérigo extremeño Diego Muñoz Torrero. Las Económicas de Cáceres, Plasencia, Almendralejo, Azuaga, Mérida, Zafra, Trujillo y, sobre todo y entre todas, la de Badajoz, con ese nombre tan redundante pero tan sugerente de Real Sociedad Económicas de Extremadura de Amigos del País de Badajoz, fueron el instrumento de más fortaleza de renovación y de progreso. Además, en Cáceres, durante el trienio Liberal, se crea la Universidad Libre bajo inspiración progresista y laica. También en Cáceres por aquellas fechas comienza a andar el Real Colegio de Humanidades, inspirado por Donoso Cortés, reconvertido en Instituto de Enseñanza. La Económica de Badajoz inspira la Escuela Normal.
El terreno de las Económicas venía ya abonado por las Sociedades Patrióticas, nacidas al calor de la lucha contra el invasor en la Guerra de la Independencia. Llegaban avaladas por la ideología liberal. Contaba con un instrumento innovador como eran las tertulias ciudadanas, charlas y debates que sirvieron para criticar y poner en solfa los desmanes del viejo régimen y los excesos del clero. En Badajoz, la Sociedad Patriótica, creada en 1820, tuvo como elementos más activos a un grupo de clérigos liberales y fueron propietarios liberales los que fundaron las Patrióticas de Cáceres, Trujillo, Zafra, Mérida y Villanueva de la Serena. Y no deberíamos olvidar la celebridad que alcanzó en muchos ambientes de España la peripecia personal del párroco de Villanueva de la Vera, el cura Mora, fundador de una iglesia rebelde y comprometida con la lucha por la libertad y por la igualdad, digno de protagonizar un episodio de Galdós o de Pío Baroja.
Existe, por último, otro ingrediente importante en el afloramiento de talentos durante esa época: el krausismo, que tuvo en nuestra región una dimensión extraordinaria, muy por encima de lo ocurrido en otros territorios con mayor peso en el contexto de la nación, y esta es otra de las peculiaridades del XIX extremeño. De la mano del krausismo se crea y se desarrolla la Institución Libre de Enseñanza. Siempre me he preguntado por la razón de que un concejal de mi pueblo, cierto que un personaje ilustrado, figurase entre los creadores de la Institución Libre de Enseñanza. Dieciocho de los cien promotores de la ILE, según el recuento del profesor Pecellín, fueron extremeños. La ILE y el krausismo son los motores de la España avanzada y democrática. En este año que conmemoramos el centenario de la muerte de uno de los fundadores de la ILE, don Francisco Giner de los Ríos, es una buena ocasión para recordar y homenajear a aquella minoría de extremeños –minoría en Extremadura, casi mayoría en la ILE- que fueron pioneros en el regeneracionismo de España, otra forma muy interesante de contribución de Extremadura a la política nacional. La difusión del krausismo en Extremadura fue en buena parte obra de Tomás Romero de Castilla, nacido en Olivenza en 1833, catedrático de psicología, lógica y ética en el instituto de Badajoz y, durante medio siglo, maestro de varias generaciones influidas por el krausismo y el regeneracionismo. El Seminario de San Atón de Badajoz, la Escuela Normal de Maestros de Badajoz, la Universidad Libre de Cáceres y el Instituto Provincial fueron centros difusores de las nuevas corrientes de opinión y de activismo intelectual en aquella Extremadura que a duras penas se despertaba del letargo de siglos de dependencia feudal.
Menor incidencia debió tener la masonería puesto que la primera Logia en Extremadura, en Badajoz, no se funda hasta 1878, pero fueron personas influyentes, captadas entre los sectores profesionales más destacadas.
Si llegásemos a la conclusión de que efectivamente el siglo XIX fue una excepción, una rareza, tendríamos que preguntarnos ¿qué ocurrió a continuación y cuáles fueron las razones para que esa llamarada se extinguiera tan pronto como se inicia el siglo XX, aceptando, como no puede ser de otro modo, que las etapas en la vida de los pueblos no coinciden necesariamente con fechas cerradas y predeterminadas? En el caso de nuestra Comunidad, esa Edad de Plata tuvo continuación, cada vez con efectos más débiles, en las primeras décadas del XX. Probablemente la manifestación más clara de ese periodo de esplendor se aglutine alrededor de una publicación tan señera y tan emblemática como fue la Revista de Extremadura, una especie de milagro en aquel páramo cultural que era nuestra región con tasas de analfabetismo escandalosas. Iniciada en 1899, un año después del desastre del 98, se prolongó hasta 1911 gracias al esfuerzo y a la generosidad de nueve – y a su cabeza Publio Hurtado- beneméritos cacereños que se empeñaron en situar a Extremadura en el camino de la modernidad aunando dos conceptos que todavía hoy podían ser argumentos principales para el progreso de Extremadura: regeneracionismo y regionalismo.
Reitero: ¿cuál fue la razón o las razones del obscurantismo que de nuevo se apoderó de la sociedad extremeña? La Restauración, la alternancia en el poder de los dos partidos dinásticos, devolvió –restauró- a nuestra región a la situación de dependencia y sumisión a los viejos poderes oligárquicos. Una persona nada propensa a exagerar la imagen de nuestra tierra, el deán de la catedral de Plasencia (el segundo deán placentino que cito en esta ocasión), don José Polo Benito, promotor del viaje de Alfonso XIII a las Hurdes y declarado beato por el papa Benedicto XVI en 2007, describió de este modo, en 1920, a nuestros paisanos: “resignado el pueblo a las venganzas del caciquismo, tan endémico aquí como las calenturas, lo han enseñado a ser manso y paciente; pues ¿no lo veis cruzado de brazos contemplando el desfile aparatosamente procesional de los mandarines de turno, prontas las espaldas a los golpes de la represalia, que en los repartimientos de los cargos municipales , sin citar otros, se llevan a cabo con espantosa impunidad? Algo muy parecido escribió, años más tarde, el periodista y político Luis Bello en aquel viaje por las escuelas de España y que, en lo que concierne a Extremadura, hizo unas observaciones duras, tremendas, pero reales. Y decía Luis Bello que en sus correrías por los pueblos extremeños habían observado lo mismo que el deán de Plasencia dejó escrito: el carácter resignado, pasivo y blando de los extremeños. “Llego a creer –afirma Bello- que así fue siempre, en su ser natural, el extremeño, y que el ánimo dominante de los jefes, cabezas o caciques opresores triunfa precisamente por la blandura de la masa”. Por aquellos años, en mi pueblo, Garrovillas de Alconétar, el candidato conservador, Antonio Garay Vitorica, consiguió el 90 % de los sufragios a diputado en Cortes, es decir, casi el consenso total del censo. Había pagado el voto a 40 pesetas de las de entonces y mis paisanos, abrumados por el hambre o las necesidades, correspondieron con el voto a su “generosidad”, y aquel gesto de sumisión protagonizó unas de las sesiones del Congreso de los Diputados más bochornosas de la historia. Aquel personaje “generoso” acababa de comprar o de recibir uno de los grandes latifundios de la Orden de Alcántara, la Encomienda de la Clavería, en la Sierra de San Pedro, doce mil quinientas hectáreas, convertidas de inmediato en cazadero real. Aquel prócer vasco fue fundador de Hidroeléctrica Española, más tarde Iberdrola, que –miren ustedes por donde- representa, al día de hoy, el 50 % del producto industrial extremeño. No hablamos de tiempos tan lejanos, aquello que escribió el deán de Plasencia, ahora beato Polo Benito, eran los tiempos, si no de mis padres, sí de mis abuelos.
No crean que he perdido el hilo de mi reflexión sobre la contribución de Extremadura a la política general de España. Trataba de interpretar la razón por la que nuestra tierra, después de aquel fogonazo de talento en el siglo XIX, volvió a la noche de los tiempos. Desde la muerte de aquellas tres personalidades relevantes: Godoy en París en 1851, Donoso Cortés, igualmente en Paris, en 1853, Juan Bravo Murillo en Madrid en 1873, ninguna otra personalidad ha tenido ni el rango ni la influencia de ellos, y ha trascurrido más de siglo y medio. He leído con detenimiento la historia de Extremadura del siglo XX tratando de encontrar personajes que hubieran continuado la estela de los extremeños del XIX. La monarquía de Alfonso XIII, con un solo ministro con antecedentes extremeños, Francisco Luján, ministro de Fomento, hijo de un diputado extremeño en las Cortes de Cádiz, Manuel Mateo Luján, de Castuera; otro ministro durante la II República, Luis Bardají López, ministro de Instrucción Pública, aunque nacido en Tarragona afincado en Badajoz. ¿Qué personajes extremeños tuvieron alguna significación durante los 40 años de la Dictadura de Franco. En Extremadura nacieron dos de sus ministros, digamos que ministros “menores”, de escasa relevancia: Adolfo Diaz-Ambrona Moreno, de Badajoz, y José María Martínez Sánchez Arjona, nacido en Navalmoral de la Mata, pero de muy escasa vinculación con Extremadura. Y, sin embargo, aunque no llegara al Gobierno, el extremeño más influyente en Madrid en el tardo franquismo, especialmente en la vertiente económica y empresarial, fue sin duda el dombenitense Juan Sánchez Cortés, presidente de SEAT, subsecretario de Hacienda, director del Patrimonio del Estado. Parece cierto que un accidente del automóvil le privó de ejercer de ministro de Hacienda cuando su nombramiento estaba a punto de tramitarse. Los conocí a todos y no se me ocurre ninguna otra persona de mayor influencia en Madrid.
Como tantos otros de mi generación yo soy de los convencidos de que los años de la Transición -1975/1982- fue uno de los periodos más fecundos y sobresalientes de la historia de España. No me importaría tratar de demostrarlo tanto en lo político como en lo económico y en lo social. Ya me gustaría hacerlo. Pero no cerraré estas reflexiones sobre la contribución de Extremadura a la política de España sin destacar ese nuevo destello de personalidades extremeñas en el ámbito de la política nacional. En tiempo tan reciente y con personas sobre quienes muchos de ustedes tienen opinión formada, yo me atreveré a hacer alguna valoración sobre ellas porque es un periodo que viví desde la barrera del periodismo político y, en parte, desde la proximidad a alguno de los protagonistas principales de la Transición. Antonio Hernandez Gil (Puebla de Alcocer), Enrique Sánchez de León (Campillo de Llerena), Alberto Oliart Saussol (Mérida), Juan Ortega y Diaz-Ambrona (Madrid) y hasta el extremeño consorte Juan Rovira Tarazona (Lérida), el primero presidente de las Cortes Constituyentes y los cuatro últimos ministros en los Gobiernos de Adolfo Suarez, conforman un buen plantel de contribuyentes extremeños a la política de la Transición, aunque todos ellos dentro de las ideologías de centro derecha. Al menos tres de ellos tuvieron una presencia destacada. La persona más influyente en los albores de la Transición, en mi modesta opinión, fue Enrique Sanchez de León y también el más implicado en la política y en el desarrollo de Extremadura. Sánchez de León fue uno de los contados personajes que, desde el franquismo, se implicó e impulsó la construcción del nuevo sistema democrático. En la segunda parte de la Transición, Alberto Oliart, que desempeñó tres carteras ministeriales fue el extremeño, aunque nunca ejerció como tal, más destacado. Antonio Hernandez Gil, el presidente de las Cortes que ratificaron la Constitución Española de 1978, presidente de la Academia de Jurisprudencia, del Consejo de Estado, y del Tribunal Supremo, figura destacada de aquel periodo y que siempre hizo ostentación de su origen extremeño.
Me dirán si con estos nombres se agotan la nómina de los extremeños sobresalientes en la política nacional. Mencionaré a otro que acaba de fallecer, Francisco Rubio Llorente, presidente que fue del Consejo de Estado, constitucionalista de enorme prestigio y apenas reconocido en su región. Y no olvido el nombre de quien ostentó la cartera de la Vivienda en uno de los gobiernos del socialista José Luis Rodríguez Zapatero, María Antonia Trujillo Rincón, nacida en Peraleda de Zauzejo. Y terminaré refiriéndome a otra forma de contribución a la política general de España desde la propia Comunidad extremeña, una vez que alcanzó su desarrollo autonómico. Me refiero concretamente al papel sobresaliente que han tenido en la vida interna de su partido los presidentes de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra y Guillermo Fernández Vara y a la influencia que han proyectado en la política nacional. Uno y otro, en su calidad de ese género de autoridad que no figura en los manuales políticos, la condición de “barones”, han sido protagonistas en los debates internos de su partido, el PSOE, y en los grandes debates de España. Desde luego, la imagen de uno y otro y su ascendiente político ha estado muy por encima del que correspondería a su territorio de gobierno. Es otra forma y también destacada de contribución a la política nacional desde el propio territorio.
Si todo es según el cristal con que se mira, parece obligado preguntarse si son muchos o pocos los extremeños ilustres que han contribuido a la política nacional de España. ¿Más o menos, en comparación con otros territorios? ¿Qué otra Comunidad autónoma puede mostrar una nomina como la de los extremeños del siglo XVI? ¿Qué región puede aportar personajes tan influyentes como los extremeños del XIX? No sé si serán muchos o pocos. Pero sí digo que Hernán Cortes, Francisco Pizarro, Orellana, tal vez también Valdivia, Pedro de Valencia, Francisco Sánchez de las Brozas “El Brocense”, Benito Arias Montano, Bravo Murillo, Godoy, Zurbarán, Morales, Pedro de Alcántara, Muñoz Torrero, Donoso Cortés han dejado estelas en nuestra cultura y en la política nacional.
Y termino con una convicción personal pero firme: los extremeños han podido contribuir e influir y gozar de prestigio cuando unas minorías lograron activar los resortes de la sociedad extremeña. Nuestro siglo XIX, preñado de grandes figuras nacidas en nuestra tierra, es el resultado del potencial de una tierra cuando activa su sociedad civil y sus minorías se movilizan. Diría, parodiando a Luis Bello, como colofón a su viaje por los pueblos de Extremadura: “Ninguna región de España tiene tanta fuerza guardada…, todo espera el momento de iniciación”
Mi felicitación a ustedes, los de la Económica, por preservar esta institución, digna heredera del talento y de la fecundidad de los extremeños del XIX.

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