18-N: por un tren digno… y lo otro

tren ave

CONFIESO que este servidor debería estar hoy en Madrid. El sábado 18-N de 2017 pasará a nuestra pequeña historia regional como el gran día de la «movilización por un tren digno». Que ya es raro, con lo que le ha costado a Extremadura abandonar el lamento sufrido y casi silencioso reducido al «a vé». Ya es más que hora de abandonar la retórica y dejar atrás el secular «espíritu desunido que anima a los extremeños», para sustituirlo por algo mucho más de nuestros días, como unirse para llenar el cielo de Madrid «de banderas verde, blanca y negra», al tiempo que «nuestras voces se alzan» gritando y reclamando de una vez «un tren digno para Extremadura», que ya va siendo hora. Decía que debería estar en Madrid, después que este escribidor lleva casi un cuarto de siglo reclamando eso mismo, no digo que en solitario pero casi, sin recibir más respuesta que alguna larga cambiada o el silencio. Sin embargo, un acontecimiento familiar, con la llegada de una personita que acaba de asomarse a este perro mundo y será bautizada ese día, me impone la grata obligación de estar en aquel mi pueblo del norte extremeño que arropan las montañas del Valle del Árrago. Pero no duden cuantos acudan a la manifestación que mi espíritu estará con ellos.

Tal vez algunos de las generaciones más jóvenes crean que el problema de las comunicaciones –de las malas comunicaciones, habría que decir– en Extremadura es un problema reciente. Pero no: es un problema que viene arrastrado de antiguo y al que aquí se le ha ido plantando cara, aunque sea con retraso respecto al resto de España. Y me estoy refiriendo fundamentalmente al transporte por carretera, que al cabo del tiempo ha ido mejorando hasta situarse en los niveles medios de otras comunidades autónomas: por más que algunos vean casi como una ofensa que las dos capitales de provincia no estén unidas por una autovía. El problema puede ser discutible: aunque con los actuales niveles de tráfico, determinados tramos de esa carretera Badajoz-Cáceres sí piden cuando menos alguna reforma.

Cuestión distinta es la que se plantea en el ferrocarril y la línea aérea. Lo del ferrocarril clama al cielo. Desde hace años se vienen haciendo promesas, sistemáticamente incumplidas. Recuerdo una visita de Álvarez Cascos a Badajoz en sus tiempos de ministro de Fomento y el rebote que se cogió ante las preguntas de un grupo de periodistas referidas precisamente a las promesas en torno al ferrocarril, que no pasaban de eso, palabras. Pues imagínense el agua que ha pasado bajo los puentes de Tajo y Guadiana desde entonces… y ahí siguen nuestros ferrocarriles, dando que hablar mucho y todo mal. Porque lo que se ha venido haciendo son obras aisladas, algunas de las cuales parecen no responder a un proyecto acabado, lo cual explicaría que a estas alturas de la película sigamos sin saber cómo, ni cuándo, ni por dónde llegaremos a Madrid en ese tren digno que cientos o miles de extremeños reivindican hoy en la capital del Reino. Y no será porque el actual ministro Íñigo de la Serna no se esté empleando a fondo para hacer creíble el proyecto, aunque falte una definición clara de si hablamos de alta velocidad o de velocidad alta y hasta de cuál vaya a ser el recorrido definitivo de la línea y cuándo estará completa. Nuestros gobernantes no deberían desperdiciar una ocasión como hoy para poner negro sobre blanco los detalles de lo que van a ser los transportes ferroviarios del futuro en Extremadura, tanto de personas como de mercancías.

Porque lo del Eje 16 es otra historia que no se puede dejar de lado. Tradicionalmente, Extremadura fue exportadora de su abundante producción agraria, casi toda ella en bruto, sin ninguna transformación. Los que ya van teniendo años recordarán los camiones cargados de cerdos cebados camino de Dios sabe dónde. Y digo cerdos como podía decir corderos, tomates, tabaco, cereales y otros productos agrarios sin elaborar o con un tratamiento primario, que siguen siendo en buena parte nuestra asignatura pendiente. Por supuesto que hay industrias punteras que se han abierto al mundo, haciéndose acreedoras de apoyo y admiración; pero se cuentan con los dedos de una mano.

Algunos pesimistas hablan de Extremadura como si aquí nunca se hubiera hecho nada. Y no es cierto. Los llamados en su momento «Plan Badajoz» y «Plan Cáceres» de los años 40 y 50 del pasado siglo posibilitaron los regadíos actuales. Algunos no han hecho más que denostarlos. Pero ¿se imaginan hoy Extremadura sin ellos? Lo que pasa es que en esta tierra se han hecho cosas mirando más al pasado que al futuro. Hasta nuestra Universidad, surgida ya en la década de los «setenta», no sólo nació dividida, sino que parte de ella miraba más al pasado que al futuro tecnológico que se nos venía encima. La emigración masiva de los años sesenta y siguientes no cesó, sino que cambió de signo: en vez de dirigirse a otros países europeos se encaminó a las regiones españolas en las que se propició un desarrollo industrial, como fue el caso del País Vasco y Cataluña, en tanto gran parte de las otras regiones se quedaban a la luna de Valencia. ¡Como para que encima tengamos que escucharles a algunos de estos «morruts» la cantinela de que «España nos roba»!

Extremadura se viene encarando al grave problema de pérdida de población. Y se entiende, dado que tuvo y sigue teniendo el mayor nivel de paro; y tuvo y sigue teniendo el índice más bajo de renta per cápita. Supongo que alguna responsabilidad tendrán en esta situación los sucesivos gobiernos de España, tanto de un signo político como de otro. Claro que alguna responsabilidad tendrán también, digo yo, los varios gobiernos extremeños de los últimos veinticinco años. De modo que muy bien gritar hoy todos en Madrid «por un tren digno», al que tenemos derecho: pero sin olvidar que –como dirían en mi pueblo– «nos queda el rabo por desollar»: menos pérdida de población, menos índice de paro y mayor nivel de renta.

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